15 de febrero de 2018

La irresponsabilidad de los intelectuales

De la polémica suscitada en Francia por la última novela de Houellebecq a final del 2015 me llamó la atención una recriminación relativa a la pasividad con la que el autor afrontaba la situación propuesta. Esta crítica, me parece, toca la llaga pero no acierta en la interpretación. La voz del narrador coincide con la de sus novelas precedentes, su fraseo, sus preocupaciones, sus fantasmas, ese alter ego suyo desganado y procaz puede fácilmente confundirse con el del autor, quien obviamente juega con ello. Pero lo cierto es que el narrador de Soumission, un profesor universitario cuarentón con una tesis sobre Huysmans que alcanza prestigio académico, y aunque extrañe tener que aclararlo, no es, por supuesto, el autor, quien ni siquiera cursó estudios universitarios. Es decir, sería una ingenuidad creer que es el propio Houellebecq quien se ve claudicando por dinero o comodidad sexual ante unas políticas que le resultan desagradables, como parece hacer su personaje sin demasiadas reticencias, y cuyas justificaciones van desplegándose de la manera más convincente posible, si es que llegan a serlo, para enfrentarnos a esta realidad alternativa. ¿Qué quiere decirnos pues con este libro? 

El arco de la novela sigue la evolución de un miembro de la inteligencia francesa desde que termina su tesis doctoral, en la que ha estado enfrascado durante siete años en los que apenas ha prestado atención a la actualidad, hasta que se va adaptando a las nuevas condiciones políticas. Aquí reside la hipótesis ficcional en la que pivota la historia: en la primera ronda de las presidenciales el partido de los Hermanos Musulmanes queda segundo por unas décimas por delante del Partido Socialista francés, que le acaba dando su apoyo, junto con los liberales, otros independientes y los gobiernos de la Unión Europea, para combatir al Frente Nacional antieuropeísta de Le Pen. La victoria de este presidente musulmán, Ben Abbes, traerá cambios radicales en la educación y en las políticas sociales, sobre todo para las mujeres, pero que apenas afectan al protagonista, e incluso le benefician monetariamente. ¿Cómo reaccionará? ¿Qué hará? ¿Cómo irá cambiando su opinión? ¿Por qué? No viene de más señalar que los últimos capítulos están narrados en un tiempo condicional, “il y aurait d’ailleurs sans doute…”, que deja el final abierto para que seamos nosotros, los lectores, quienes tengamos que decidir qué habría hecho el personaje o qué haríamos nosotros en sus circunstancias. 

La pregunta no es baladí. La novela nos recuerda cómo tantos intelectuales durante el siglo XX apoyaron a Stalin, Mao o Pol Pot sin que nadie se los haya reprochado realmente y deja una afirmación contundente cuando reprocha a los intelectuales franceses de entonces su carencia de responsabilidad, como si esta no fuera parte de su labor, con la que el narrador auto justifica la posibilidad de su cambio. Es casi ineludible pensar en L’Opium des intellectuels de Raymond Aron o en Past Imperfect: French Intellectuals de Tony Judt. En realidad no se trata de un mal sólo existente en la intelectualidad francesa como algunos quisieran hacer ver, ha estado bastante extendido por otros países con menor dinamismo y calidad de debate, pero la influencia y prestigio adquirido por el pensamiento francés lo ha colocado en el centro del revisionismo por sus apoyos en el pasado. Llegamos por tanto a la pregunta inicial de la intención de Houellebecq. Además del sexo marca de la casa que acaba contraponiendo a la tutela de las mujeres promulgada por el nuevo gobierno y la descabellada hipótesis inicial a la que le sigue un juego político verosímil, el énfasis recae en la irresponsabilidad, o mejor dicho la sumisión como reza el título, de los intelectuales y académicos, los opinadores televisivos y los periodistas, frente a los grupos identitarios que hacen peligrar valores  básicos de nuestras sociedades.


1 comentario:

Esteban Alemán Ruiz dijo...

Estoy de acuerdo con tu reflexión, Joaquín. Cuando leí "Sumisión" me llamó la atención, aparte del planteamiento político de trasfondo, ese paralelismo que se puede trazar con el comportamiento de cierta intelectualidad francesa en el siglo XX (no recuero haber leído el libro de Aaron, pero sí el de Judt, y el caso de Sartre es sangrante, aunque en modo alguno único). También me hizo recapacitar sobre las debilidades de las sociedades occidentales, amenazada desde dentro no tanto por el islamismo, como por los egoísmos de sus individuos y por ese "miedo a la libertad" del que en su momento alertó Fromm. No sé cuál habrá sido la intención de Houellebecq, pero, desde luego, es un toque de atención oportuno.

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